Como todas las noches decidí salir a un bar en busca de diversión. Tocaba ir al teibol. Me puse los zapatos menos apestosos y me fui a buscar un antro. Llegué a uno bastante chafa, pero había lo que buscaba, mujeres y alcohol.
Me bebí todo el whiski que pude y en cada trago echaba piropo a cuanta vieja veía cruzar la pista. Como estaba jodido y sin un quinto preferí beber y seguir piropeando a las viejas del lugar. Continué así, no se cuánto tiempo, hasta que al pasar una de esas viejas me la eché a las piernas y empecé a manosearla. Ella no me decía nada, y después de un rato me arrastó a un privado. Yo la seguí mientras pensaba "Ya la armé y ni lana tengo". Ya ahí encerrados pues pasó lo que tenía que pasar.
El pedo fue cuando desperté, todavía briago, y vi a mi lado al Homero; el pinche dueño del bar. Y no estaba en el privado, era mi casa. Me saqué de pedo, me puse a llorar y seguí chupando. Armé tal desmadre que el Homero salió huyendo en calzones. Los vecinos se enteraron de mi desmadre y yo encabronado me fui directo a la cocina. Busqué un cuchillo y hallé uno de esos chiquitos de sierra. Mi primer idea fue clavarmelo en el pecho peor nomás de pensar que sonaba a puñal cambié de opinión. Hallé un cúter y me tiré en un rincón. Empecé a clavarlo en mi antebrazo buscando desangrarme mientras pensaba que pasaría varios días antes de que encontraran mi cádaver. Seguí clavando el cuchillo a lo largo de mi brazo y tratando de atinar a una vena, pero no pude y me quedé dormido.
Desde ahí me va mejor, cambié de chamba. Ahora le administro el bar al Homero y en las noches se pone un trajecito sexy y me baila. Los cuchillos ya mejor ni los agarro.
Melissa Urrutia
